Hace muchos años tomé el hábito de dedicar un rato en los últimos días del año a revisar cómo fue el año que justo acaba y plantear los objetivos del nuevo año entrante. El año pasado no lo hice, así que este año quiero aprovechar para reflexionar sobre el conjunto de estos dos años: 2016-2017.

Crisis existencial

Observa esta imagen. En ella la vulnerabilidad y la fortaleza se combinan de forma magistral. ¿Te apetece compartir qué ves?

Probablemente el 2016 y el 2017 hayan sido los años más difíciles de mi vida, marcados por diferentes problemas de salud que me obligaron a retirarme de mis actividades preferidas durante largos periodos de tiempo. A día de hoy aun no estoy recuperada del todo y nada me indica que haya quedado libre de volver a pasar algún que otro periodo crítico en los próximos meses, pero lo cierto es que la forma en la que me relaciono con esta situación ha cambiado. A positivo, claro.

Estos años han sido años de duro aprendizaje. Un periodo de crisis existencial te pone en jaque, y eso normalmente suele transformarse en momentos críticos que, de no gestionarse adecuadamente, pueden convertirse en un jaque mate (depresión o ansiedad crónicas, por ejemplo). La parte positiva es que superarlo o no depende única y exclusivamente de una misma. Y cuando empiezas a desplegar herramientas de autosuperación, los momentos de crisis enseñan un montón de cosas sobre ti, sobre la vida.

El primer aprendizaje de esta crisis ha sido aprender a observarme como un ser finito, vulnerable. Esto me hace recordar aquella sensación que tenía “cuando era joven” y pensaba que iba a estar en el mundo para siempre, que era indestructible, que nada podría conmigo. El 2016 me enseñó que soy destructible (¡vaya si lo soy!), y que hoy estoy aquí y mañana puede que ya no esté. Quizás esto pueda sonar algo derrotista, pero lo cierto es que no; desde tu silla no estás viendo mi sonrisa, y cuando digo que soy destructible lo digo con optimismo y desde el buenrollismo. Hoy me siento en paz cuando afirmo que soy finita. Éste es el aprendizaje.

Cuando empecé a reconocer mi vulnerabilidad fue cuando empecé a contemplar el tiempo de la vida de otra manera. Pasado, presente y futuro no son la misma “cosa” que hace tres años. No negaré que aun sigo arrastrando un lastre que tengo que terminar de pulir, pero el efecto más inmediato es que pasado y futuro empiezan a relativizarse, y el presente empieza a cobrar protagonismo. En el 2018 quiero seguir profundizando en mi ser y estar, terminar de soltar el pasado y transformar las expectativas de futuro en nuevas oportunidades para disfrutar del presente. Sí, claro, con mis muchos proyectos e ilusiones, como siempre, pero desde aquí. Reconozco que cuesta explicar esta sensación… y no sé si estoy haciendo justicia, francamente.

Además, es cierto que tengo ciertas limitaciones, pero cuando aprendí a convivir con esas limitaciones, verdaderamente me di cuenta de que me limitaban muy poco. Sencillamente me he conocido más, y ahora puedo ser más consciente de las consecuencias de lo que hago. Eso me permite tomar decisiones más libremente. Sí, siento que he ganado libertad. Si hago A, pasará muy probablemente B, así que yo decido si quiero que pase B. Este empoderamiento de mí misma combinado con esa presencia en el presente, otorga una fortaleza curiosa que antes no había experimentado. He llegado a la irremediable conclusión de que la verdadera fortaleza nace de la vulnerabilidad de una misma. Curioso, ¿no?

Aprender a relacionarme con mi vulnerabilidad me permitió también conectar más conmigo misma. Fíjate, antes creía que era indestructible y, por tanto, tenía que actuar como tal. Lo peor que te puede pasar cuando te crees superwoman es que acabes cubriendo tu ser con un montón de capas de coraza para protegerte y seguir manteniendo esa apariencia de indestructible. Eso es lo que me pasó durante toda mi vida.

En el momento que empecé a aceptar que podía ser débil, descubrí un montón de cosas de mí que me había negado toda mi vida: ciertos automatismos en mi vida, ciertos patrones, ciertas personas… Definitivamente, un montón de situaciones que mantenía porque cambiarlas significaría tener que admitir que podía ser falible. En el momento que abracé mi vulnerabilidad dejaron de tener sentido todas esas barreras, de manera que empecé a vivir más libre en mi forma de hacer, ser y estar en el mundo. Ahora me permito preguntarme: ¿es esto lo que realmente quieres, Judith?.

Supongo que esta es la mejor herencia que te puede dejar tu crisis existencial. Y digo supongo porque intuitivamente tengo la sensación de que aun me quedan sorpresas más gratas por descubrir. Claro, me encuentro en mitad de un proceso, así que (salud a parte) todo pinta a que el 2018 va a ser un año de descubrimientos, de reconexión, de autenticidad. Así dan ganas de asomarse a la ventana del año nuevo.

Por último, quisiera poner en relieve la importancia que ha cobrado en todo este proceso de autodescubrimiento mi propia emocionalidad. Me voy dando cuenta de que poco a poco el dramatismo inicial (que se revelaba contra mi situación) ha ido dejando paso a unas emociones más auténticas, serenas, sostenibles. Es como si poco a poco me fuera calmando y pudiera contemplarme desde otro punto. Evidentemente, siguen habiendo días que se me caen las lágrimas desconsoladamente, que me siento abatida, que desearía que todo fuera de otra manera (negación), o que la rabia me secuestra… Pero ahora también hay días que lloro y me siento bien llorando, que puedo construir nuevos caminos con esa rabia, que desarrollo nuevas estrategias para seguir creciendo… Es terrenal y mágico a la vez.

¿Y a partir de ahora?

Por todo esto, para el 2018 me he propuesto seguir este camino que se ha perfilado en estos dos últimos años:

  • Profundizar en mi genuinidad, abrazando mis luces y mis sombras, mis fortalezas y mis debilidades, como parte de un todo mucho más grande, completo y auténtico.

  • Deshacerme de todos aquellos aspectos de mi vida que me conectan con una forma de ser y estar que me aleja de mi yo auténtico: ¿qué quiero realmente para mí?

  • Construir nuevas formas de relacionarme conmigo, con mi entorno y con el mundo, incorporando también nuevas personas que aporten frescura y ternura a mi vida.

  • Incorporar nuevos hábitos que sostengan los puntos anteriores hasta crear una rutina sana y sostenible: meditación, yoga, retiros, silencio.

  • Sanear mis relaciones actuales, aprendiendo a marcar límites y validando mi nuevo yo.

En definitiva, convertirme en una mejor versión de mi misma.

¿Y a ti, cómo te ha ido este año? ¿Quieres compartir tus objetivos para el 2018?

Tienes voz, deja que te oigamos: